17 «id por todo el mundo y proclamad la buena noticia» ------------------------------------------------------ (mc 16,15) ----------

17 «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia»
------------------------------------------------------
(Mc 16,15)
----------
Tres cuentos para aprendices de evangelizadores
-----------------------------------------------
1. Las quejas del mercader
--------------------------
En un país muy lejano vivía un mercader lleno de celo por la causa de
Dios. Tanto era su celo que había vendido toda su hacienda y había
comprado a cambio centenares de libros que le prometían enseñarle a
negociar en beneficio de esa causa. Los fue leyendo uno a uno y se
llenó de ideas hermosísimas que consiguió vertebrar en una poderosa
síntesis doctrinal. Elaboró un plan de pastoral y se lanzó a la
brecha. Montó su puesto en un parque público y, subido sobre una
silla, se puso a hablar a la gente:
«Hermanos: ha llegado la hora de abandonar toda impostación dialéctica
que nos dificulte el acceso al kerygma. No nos dejemos arredrar por la
problemática del círculo hermenéutico: tenemos con nosotros al
Paráclito como don escatológico, y él puede guiarnos hacia una
exégesis verdaderamente eclesial y ecuménica...»
«¿Mande...?», dijo un jubilado poniéndose la mano en la oreja en forma
de pantalla, porque estaba un poco sordo.
«¿De qué habla?», se interesó una joven madre que mecía a su hijo en
el cochecito.
«Debe de ser de los del Hare-Krishna, pero es raro, porque no lleva
pandero...», comentó un guarda del parque que estaba acostumbrado a
ver de todo.
Una mujer de mediana edad, que venía de la compra, le miró con
benevolencia: «Parece buen chico», pensó. «Lástima que no se entienda
lo que dice...», y se alejó arrastrando su carrito.
Se pararon dos chavales con zapatillas y bolsas de deporte. «Mira»,
dijo uno, «ése va de religión». «Passando a tope, colega», dijo el
otro. Y siguieron andando.
El mercader lleno de celo por la causa de Dios estaba desanimado: las
cosas no estaban saliendo como habían sido previstas en el plan de
pastoral. De modo que acudió al Señor: «La gente no compra nada», se
quejó. «Cada cual va a lo suyo, y a nadie le interesan tus cosas, Dios
mío...»
«Hace tiempo que están convencidos de que las ideas no les sirven para
mucho», les disculpó el Señor. «Pero de verdad que están agobiados y
con sed de agua viva...»
El mercader creyó comprender. Vendió los libros y puso un herbolario.
Ofreció tónicos de frutos espirituales, infusiones de moralina, germen
de maná liofilizado, pan bendito integral y parches Sor Virginia.
La gente compraba, pero se hacía un lío con las mezclas de hierbas y
no acertaba a saber muy bien para qué servía cada cosa. Por eso acudía
constantemente al mercader a pedir nuevas recetas. El mercader se
impacientó y fue a quejarse al Señor: «La gente sigue sin comprender,
Señor, y yo no puedo pasarme la vida solucionando sus dudas...». «No
han tenido muchas oportunidades de estudiar, ¿sabes?», le dijo el
Señor. «Además, trabajan mucho y tienen poco tiempo para ponerse a
descifrar el lenguaje de tus recetas. Si intentaras...»
El mercader lleno de celo por la causa de Dios le dejó con la palabra
en la boca: había tenido una iluminación repentina. ¡El lenguaje!
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Traspasó el herbolario y decidió
dar un nuevo giro a su negocio. Mercaderes de Oriente le vendieron
varitas de incienso, taburetes para meditar, tapices y «cassettes» de
relajación. Mercaderes de Occidente le vendieron montajes
audiovisuales, «vídeos», cadenas de sonido, amplificadores, una
batería electrónica y un ordenador. Al mercader ya no le faltaba
ningún detalle para hacer triunfar la causa de Dios. Así que montó una
gran carpa en medio del parque. La gente se agolpaba para entrar, y
las gradas de la carpa estaban siempre llenas. Todos miraban con
atención y escuchaban extasiados. A la salida felicitaban al mercader
y se marchaban muy contentos, porque habían participado en un hermoso
espectáculo.
Pero el mercader lleno de celo por la causa de Dios no acababa de
estar satisfecho. Había caído en la cuenta de que a su carpa apenas
venían pecadores. Su clientela era gente buena, gente de toda la vida;
pero pecadores, lo que se dice pecadores, venían poquísimos.
Fue a quejarse al Señor, y el Señor le dijo: «Tendrás que salir a
buscarlos. Recuerda el trabajo que me costó a mí encontrar la oveja
que se me había perdido...»
El mercader decidió salir en busca de los pecadores. Había muchísimos
más de los que él creía, y al fin consiguió sentarse a comer con
ellos. Sacó sus «cassettes»: se aburrían. Sacó un montaje: bostezaron.
Puso en marcha la megafonía: hablaban entre ellos. «Son unos pecadores
bastante empedernidos», pensó el mercader disgustado. Y se volvió a su
casa abatido.
En la oración de la noche se quejó al Señor: «He hecho lo que he
podido, Dios mío; he seguido tu ejemplo y me he sentado a comer con
ellos, pero me he fatigado en vano y he consumido inútilmente mi
tiempo y mis energías...»
El Señor esperó pacientemente a que el mercader acabara su letanía de
quejas y, cuando hubo terminado, le dijo: «Hijo mío, todos esos
hermanos tuyos estaban enfermos, pero tú estabas tan preocupado por mi
causa que te has olvidado de preguntarles por sus heridas».
2. El heraldo del rey
---------------------
Entre todos los que servían en el ejército del Rey eternal, ninguno se
señalaba tanto en el servicio de su Señor como aquel caballero que
había sido capitán en los Tercios de Flandes. Desde el punto y hora en
que decidió abandonar los vanos honores mundanos para militar bajo la
bandera de su Rey, hizo de su vida «oblación de mayor estima y
momento», y nadie podía aventajarle ya en generosidad y en valentía.
Sobrellevaba la austera disciplina de la nueva milicia con grande
ánimo y liberalidad, y siempre se mostraba esforzado y dispuesto a
acudir a los servicios más duros y a los puestos más arriesgados.
El Rey decidió nombrarle heraldo real y le confió el reclutamiento de
nuevos soldados. El capitán que había venido de Flandes se sintió muy
orgulloso de aquel privilegio tan grande, del que no se sentía digno.
Marchó por ciudades y aldeas, y en cada una de ellas pregonaba el
mensaje de su Rey: «Es mi voluntad de conquistar el mundo entero y
vencer a todos los enemigos...» Cuando acababa la lectura, el heraldo
seguía hablando y exhortando a cuantos quisieran escucharle a
alistarse en el servicio de tan alta causa. No ofrecía una vida fácil
ni ocultaba las asperezas que les aguardaban ni los trabajos y fatigas
que habrían de soportar. Pero el Rey se lo merecía todo, y era tanto
el ardor y convicción que ponía el heraldo en sus palabras que muchos
jóvenes, nobles o villanos, lo dejaban todo e iban a ponerse bajo la
bandera de aquel Rey tan magnánimo.
El camino de regreso al campamento era largo y, al anochecer del
primer día de marcha, entraron a dormir en una posada. Algunos de los
recién alistados bebieron más de la cuenta, y el heraldo los despidió
encolerizado: no eran dignos de estar al servicio de su Señor. Durante
el segundo día de camino, algunos manifestaron cansancio y se
detuvieron a beber en una fuente. «Sólo los fuertes pueden servir a mi
Rey», dijo el heraldo; y les ordenó que regresasen a sus casas.
Durante la cena de aquella noche, otros se pusieron a discutir acerca
de quién de ellos debía sentarse a la derecha de su nuevo jefe, y
tampoco a éstos les permitió seguir en su compañía: no habían sabido
dejar atrás la ambición de honores y dignidades.
Pasaron la noche en las ruinas de una fortaleza abandonada, y el
heraldo determinó quiénes debían quedarse de guardia con él. A los que
se dejaron vencer por el sueño los despidió a la mañana siguiente: al
Rey había que serle fiel también en la vigilia.
Cuando reemprendieron la marcha, quedaban ya muy pocos, y el heraldo
iba muy desconsolado. Les atacó una cuadrilla de bandidos, y los
jóvenes que quedaban salieron huyendo; el heraldo, al verse solo, huyó
también, abandonando el estandarte.
Regresó al campamento malherido, derrotado y solo. Lleno de confusión
y vergüenza, refirió al Rey el fracaso de su misión y le suplicó que
en adelante le tuviera por perverso caballero y le retirase su cargo
de heraldo, ya que no había sabido encontrar jóvenes capaces de
comprometerse dignamente en el servicio de su Reino, y ni siquiera él
mismo había tenido el valor de defender hasta la muerte su bandera.
El Rey le escuchó en silencio y ordenó después que le curasen sus
heridas y que, cuando estuviera restablecido, le dieran el oficio de
centinela. En cuanto pudo tenerse en pie, el antiguo capitán venido de
Flandes se incorporó a su nuevo servicio. Tanta era su ansia por
reparar su anterior cobardía que no esperó siquiera a ver cicatrizadas
del todo sus heridas.
Durante las largas horas de vigilia de su primera noche de guardia, se
lamentaba largamente de que el Rey no pudiera contar con un heraldo de
conducta intachable ni con unos soldados de ánimo esforzado.
En la tercera vigilia de la noche, oyó pasos a su lado. Ya iba a dar
el alto cuando se dio cuenta, con asombro, de que era el Rey mismo
quien se había acercado hasta su puesto de guardia. Hincó la rodilla
en tierra, pero el Rey le puso las manos sobre sus hombros y le hizo
levantarse. Luego, en la oscuridad de la noche, como un amigo que
habla a su amigo, le confió su propia historia: también él, cuando
había llamado por primera vez a los suyos, había creído que se trataba
de esos compañeros que permanecen fieles en las tribulaciones, de los
que no se duermen cuando los necesitas ni te abandonan cuando llega el
peligro, de los que nunca reniegan de haberte conocido. Luego resultó
que no eran así, pero él ya no podía evitar quererlos, ya no era capaz
de volverse atrás de su palabra dada, ya no podía dejar de contar con
ellos. Se había acostumbrado a quererlos así, tan frágiles, tan
vacilantes, tan cobardes... Así que decidió seguir confiando en ellos
y se arriesgó a dejar en sus manos la tarea de conquistar el mundo y
extender su Reino. «Y al final no me defraudaron», dijo con ternura
mezclada de orgullo. «Pero hay que saber confiar, hay que saber
esperar...»
Las palabras del Rey iban cayendo mansamente, como el rocío de la
noche, en el corazón del centinela. Antes de marcharse, el Rey le
entregó un mensaje sellado: «Léelo cuando amanezca», le dijo.
Al llegar la madrugada, el centinela desenrolló el pergamino y, al
leerlo, sintió que le temblaban las manos y se le humedecían los ojos:
el Rey le reponía en su cargo de heraldo y le enviaba de nuevo a
llamar a todos cuantos quisieran alistarse a su servicio. «Es mi
voluntad de conquistar todo el mundo y vencer a todos los enemigos...»
Eran las mismas palabras, pero el heraldo ya no era el mismo. Enrolló
de nuevo el pergamino y esperó a que llegara el relevo de la guardia.
Cuando se puso en camino, en el cielo se apagaban las últimas
estrellas.
3. La sabiduría de la anciana abadesa
-------------------------------------
Cuentan las crónicas que en tiempos de las Cruzadas había en Normandía
un antiguo monasterio regido por una abadesa de gran sabiduría. Más de
cien monjas oraban, trabajaban y servían a Dios llevando una vida
austera, silenciosa y observante.
Un día, el obispo del lugar acudió al monasterio a pedir a la abadesa
que destinara a una de sus monjas a predicar en la comarca1.
La abadesa reunió a su Consejo y, después de larga reflexión y
consulta, decidió preparar para tal misión a la hermana Clara, una
joven novicia llena de virtud, de inteligencia y de otras singulares
cualidades.
La madre abadesa la envió a estudiar, y la hermana Clara pasó largos
años en la biblioteca del monasterio descifrando viejos códices y
adueñándose de su secreta ciencia. Fue discípula aventajada de sabios
monjes y monjas de otros monasterios que habían dedicado toda su vida
al estudio de la teología. Cuando acabó sus estudios, conocía los
clásicos, podía leer la Escritura en sus lenguas originales, estaba
familiarizada con la Patrística y dominaba la tradición teológica
medieval. Predicó en el refectorio sobre las «procesiones»
1. No olvide el lector el carácter fantástico de la narración; y
pondere, además, cuánta sería la escasez de clérigos en aquellos
tiempos, debido a que muchos de ellos habían partido como capellanes
de los cruzados.
intratrinitarias, y las monjas bendijeron a Dios por la erudición de
sus conocimientos y la unción de sus palabras.
Fue a arrodillarse ante la abadesa: «¿Puedo ir ya, reverenda Madre?»
La anciana abadesa la miró como si leyera en su interior: en la mente
de la hermana Clara había demasiadas respuestas. «Todavía no, hija,
todavía no...»
La envió a la huerta. Allí trabajó de sol a sol, soportó las heladas
del invierno y los ardores del estío, arrancó piedras y zarzas, cuidó
una a una las cepas del viñedo, aprendió a esperar el crecimiento de
las semillas y a reconocer, por la subida de la savia, cuándo había
llegado el momento de podar los castaños... Adquirió otra clase de
sabiduría; pero aún no era suficiente.
La madre abadesa la envió luego a hacer de tornera. Día tras día
escuchó, oculta detrás del torno, los problemas de los campesinos y el
clamor de sus quejas por la dura servidumbre que les imponía el señor
del castillo. Oyó rumores de revueltas y alentó a los que se
sublevaban contra tanta injusticia.
La abadesa la llamó: la hermana Clara tenía fuego en las entrañas y
los ojos llenos de preguntas. «No es tiempo aún, hija mía...»
La envió entonces a recorrer los caminos con una familia de
saltimbanquis. Vivía en el carromato, les ayudaba a montar su tablado
en las plazas de los pueblos, comía moras y fresas silvestres, y a
veces tenía que dormir al raso, bajo las estrellas. Aprendió a contar
acertijos, a hacer títeres y a recitar romances, como los juglares.
Cuando regresó al monasterio, llevaba consigo canciones en los labios
y se reía como los niños. «¿Puedo ir ya a predicar, Madre?» «Aún no,
hija mía. Vaya a orar».
La hermana Clara pasó largo tiempo en una solitaria ermita en el
monte. Cuando volvió, llevaba el alma transfigurada y llena de
silencio. «¿Ha llegado ya el momento, Madre?» No; no había llegado. Se
había declarado una epidemia de peste en el país, y la hermana Clara
fue enviada a cuidar de los apestados. Veló durante noches enteras a
los enfermos, lloró amargamente al enterrar a muchos y se sumergió en
el misterio de la vida y de la muerte.
Cuando remitió la peste, ella misma cayó enferma de tristeza y
agotamiento y fue cuidada por una familia de la aldea. Aprendió a ser
débil y a sentirse pequeña, se dejó querer y recobró la paz.
Cuando regresó al monasterio, la Madre abadesa la miró gravemente: la
encontró más humana, más vulnerable. Tenía la mirada serena y el
corazón lleno de nombres.
«Ahora sí, hija mía, ahora sí». La acompañó hasta el gran portón del
monasterio, y allí la bendijo imponiéndole las manos.
Y mientras las campanas tocaban para el Ángelus, la hermana Clara echó
a andar hacia el valle para anunciar allí el santo Evangelio.
En alabanza de nuestro Señor Jesucristo y de su Santa Iglesia. Amén.
17 Id por todo el mundo 4

  • NOVEMBER 2004 THOMAS DIXON COOK INSTITUTE FOR POLICY RESEARCH
  • UTBILDNING TILL DELIBERATIV DEMOKRATI MARTIN SAMUELSSON INSTITUTT FOR PEDAGOGIKK
  • CONTEXT DALJIT NAGRA AND ‘SINGH SONG!’ DALJIT NAGRA (1966–)
  • VOZLI NAJBOLJ POMEMBNO JE DA ZNAMO VOZLE IZDELATI
  • SUSTAINABLE DRAINAGE SYSTEMS (SUDS) IN THE PAST FLOODS WERE
  • WEAR HAS TRADITIONALLY CONTAINED AUTHOR INDEXES AND CONTENTS LISTS
  • BOLETÍN DE NOVEDADES ABRIL JUNIO 2014 BOLETÍN DE NOVEDADES
  • GRAVE GEMEENTE GRAVE NB LOCATIE PAROCHIEKERK ST ELISABETH BISDOM
  • PROJEKTO LYGINAMASIS VARIANTAS LIETUVOS RESPUBLIKOS BIOMEDICININIŲ TYRIMŲ ETIKOS ĮSTATYMO
  • ALPHAPHONICS HOMEWORK FOR TEACHERS USING BLUMENFELD’S ALPHAPHONICS A PRIMER
  • THE SECRETARY THE FRIENDS OF ST PAUL’S CATHEDRAL THE
  • WYŁĄCZNIE DLA OSÓB WZNAWIAJĄCYCH STUDIA KARTA EWIDENCYJNA NR ALBUMU
  • NÁZEV ŠKOLY ZÁKLADNÍ ŠKOLA A MATEŘSKÁ ŠKOLA DRNHOLEC OKRES
  • FRENCH POSSESSIVE ADJECTIVES ADJECTIFS POSSESSIFS POSSESSIVE ADJECTIVES ARE
  • CONTROLLED SUBSTANCE GUIDELINES FOR EMERGENCY MEDICAL SERVICES BUREAU
  • AHRC2635ADD1 UNITED NATIONS AHRC2635ADD1 GENERAL ASSEMBLY DISTR GENERAL 23
  • THE 2014 DBA UK FAMILY WEEKEND FRIDAY
  • SEMINARIO AGGIORNAMENTO IVA 2017 LE PRINCIPALI NOVITA’ NELLE OPERAZIONI
  • TEST YOURSELF ON HARVARD REFERENCING QUIZ INSTRUCTIONS
  • KORUPCIJOS RIZIKOS VALDYMO VERTINIMAS ATLIEKANT VIDAUS AUDITĄ KLAUSIMYNAS (REKOMENDUOJAMAS)
  • INNLEVERINGSOPPGAVE ARTSDANNELSE 11 SEPT INNLEVERINGSFRIST 16 SEPT KL 1000
  • CASAL DE BARRI POU DE LA FIGUERA SOL·LICITUD D’ESPAI
  • A FORMAÇÃO DE REDES PARA O DESENVOLVIMENTO DO TERCEIRO
  • GUIA DE SITIOS INTERNET NACIONALES E INTERNACIONALES SOBRE ISO
  • O R G A N I Z U J
  • UNIVERSIDAD DE EL SALVADOR FACULTAD DE CIENCIAS Y
  • SINDIKAT DELAVCEV PRAVOSODJA PODRAVJE TERMIN KORIŠČENJA POČITNIŠKIH KAPACITET PO
  • OCCUPATIONAL EXPOSURE TO BLOODBORNE PATHOGENS 29 CFR 19101030 OCCUPATIONAL
  • 10 PRIEMONĖS „BENDRADARBIAVIMAS“ VEIKLOS SRITIES „ BENDRADARBIAVIMAS ĮGYVENDINANT VIETOS
  • AUTOPRÀCTICUM DOBLE GRAU EN DRET +CIÈNCIES POLITIQUES I DE