repensando el patrimonio desde américa latina arq. ramón gutiérrez conicet-cedodal lo que voy a plantear en esta oportunidad es una ref

REPENSANDO EL PATRIMONIO DESDE AMÉRICA LATINA
Arq. Ramón Gutiérrez
CONICET-CEDODAL
Lo que voy a plantear en esta oportunidad es una reflexión sobre la
necesidad de una nueva mirada sobre los temas de patrimonio a partir
de la propia experiencia latinoamericana. Creo que ella es diferente a
aquella experiencia euro-céntrica que ha dominado desde 1972, cuando
se ha creado la Convención Mundial del Patrimonio, donde se ha
valorado el patrimonio desde el punto de vista tangible en relación al
patrimonio natural y donde hubo que esperar casi treinta años para que
se reconociera el patrimonio intangible, en el año 2003, y donde
recién el año 2005 hemos hablado, por fin, de la diversidad cultural.
Lo que quisiera plantear es la necesidad de que empecemos a revisar si
necesitamos tres Convenciones diferentes si vamos a hablar de
Patrimonio, porque muchas de las obras de arquitectura, que nosotros
consideramos hoy patrimonio, no lo son por sus valores
arquitectónicos, sino por aquellos valores de carácter intangible que
están asociados a las mismas, ya sean hechos históricos o culturales.
Esto requiere que nos replanteemos, mirando en estos últimos 60 años,
lo que en la posguerra europea significó la valoración de la
recuperación del patrimonio, verificar si lo que hemos aplicado como
criterios patrimoniales, han sido criterios rígidos, fijos, o si hemos
ido cambiando esos criterios en el tiempo. Reflexionar, si
efectivamente los hemos ido cambiando, si no sería preciso cambiarlos
hoy para analizar adecuadamente nuestro patrimonio, el patrimonio
latinoamericano, en un contexto global donde, sin dudas, tenemos
nuestras propias características.
Hoy se les reconoce a las culturas orientales, por ejemplo, que las
ideas de “autenticidad” que nosotros, en la visión occidental, tenemos
respecto a nuestro patrimonio son diferentes que las que ellos tienen,
como surgió de la reunión realizada en Nara. Aquellas culturas, por
ejemplo, se permiten quemar un edificio histórico de madera que
encuentran obsoleto y volver a reconstruirlo de la misma forma, sin
perder para ellos el sentido patrimonial. Es decir que se asume que es
el mismo patrimonio, con la independencia de que no sea exactamente la
obra original.
Sin embargo, a nuestra realidad latinoamericana se la mide de otra
forma. Hay quienes han querido poner en tela de juicio la calidad
patrimonial de la ciudad de Quito cuando se ha comenzado a tratar la
posibilidad de reconstruir la torre de una iglesia que ha caído en un
terremoto. No faltan inclusive, en la propia disciplina y
nacionalidad, quienes amenazan a la ciudad de Quito de tramitar ante
la UNESCO para quitarle la categoría de patrimonio mundial. Se
argumenta en este caso que se estaría haciendo una falsificación
histórica. Es interesante recordar que no se tiene en cuenta que el Campanile
de Venecia se reconstruyó absolutamente entero a comienzos del siglo
XX y, sin embargo, se declaró a Venecia Patrimonio de la Humanidad con
el mismísimo Campanile reconstruido. Ni que decir de ciudades casi
totalmente reconstruidas en la posguerra, como Dresden en Alemania,
que fueron también nominadas Patrimonio de la Humanidad, sin que a
nadie se le ocurriera mencionar como “falsos históricos” tales
actuaciones. Parecería que hay dos varas para medir los criterios
patrimoniales donde se tolera las supuestas “disgresiones” europeas y
se amenaza castigar cualquier deslinde latinoamericano. Es pues hora
de no callarnos más y entonces tenemos que empezar a pensar cuál es la
vara con la cual vamos a medir nuestro patrimonio, con criterios y
herramientas que respondan a nuestro modo de valorarlo. Para ello es
preciso hacer una tarea de limpieza de algunos personajes que se han
enquistado en las instituciones internacionales asumiendo nuestra
representación y, siendo totalmente ajenos a la defensa de nuestras
condiciones patrimoniales, han sido funcionales a los manejos
hegemónicos y arbitrarios de ciertos sectores del ICOMOS
Internacional. Son, como dijo algún prócer nuestro, los que “tienen
fría el alma para las cosas de la patria”. En su última actuación no
han votado en contra de eliminar al castellano como idioma propio del
ICOMOS (al igual que el inglés y el francés) y se abstienen para no
quedar mal con los europeos que les dan sus votos para representarnos
a nosotros… ¿o a ellos?
Disculpen si voy a ser un poco heterodoxo en lo que hoy he
reflexionado y entiendo. Quiero ratificar que no soy fundamentalista
en temas de patrimonio, soy fundamentalista en la defensa del
patrimonio, pero no en las concepciones y criterios que a través del
tiempo hemos tenido del mismo.
Así en el siglo XX los especialistas empezaron hablando del patrimonio
tangible referido a lo “antiguo”, y se decía en muchas de las
legislaciones europeas y americanas que patrimonio era aquello que
tenía más de 100 años. Hasta la misma constitución de la República
Española de 1931, que se suponía progresista, determinaba esa edad
para el patrimonio. Esto dejó durante décadas fuera del patrimonio a
todos los edificios del siglo XIX y del siglo XX por ejemplo. A
mediados del XX comenzaron los cambios y se logró mirar nuevamente y
modificar estas formas de ver atadas al calendario. Por supuesto no
todos los edificios que tenían más de 100 años eran patrimonio, pero
sí lo eran muchos que tenían más de 100 años, por ejemplo la casa del
Balcón de Herodes en el Cuzco (foto), dañada en el terremoto de 1950.
A ella le faltaba el otro requisito: “la monumentalidad”, y por ello
fue demolida para ampliar una calle con criterios urbanísticos que
nacían de las concepciones importadas del Movimiento Moderno y que
proponían, después del tremendo sismo, reconstruir la ciudad con
edificios alzados sobre Pilotis corbusieranos…..
Nosotros no hemos valorado a veces este patrimonio cultural nuestro de
una arquitectura popular, que como tal, es intemporal, y que poseemos
como fruto de procesos de integración cultural significativos. Por
ejemplo, las casas de Moquegua y Tacna en el Perú, que constituían, de
alguna manera, una forma de expresión formal y funcional muy peculiar,
que pueden quizás encontrar sus raíces en la barraca valenciana. La
destrucción de una de ellas en un conjunto altera sustancialmente los
valores patrimoniales que manifestaba esta tipología en el proceso de
construcción del paisaje urbano.
Superada esta etapa de la valoración por la antigüedad de los años,
empezamos con la exclusividad del tema del patrimonio entendido en lo
estrictamente “Histórico”, y la historia para que valía era una
historia reducida, era una historia oficial, de próceres, de héroes,
de batallas, una historia militar fundamentalmente, y ahí construimos,
entonces, una idea del patrimonio que estuviera vinculada a estos
hechos. Por ejemplo, la posta de Yatasto en la Argentina que es un
lugar que fue declarado patrimonio histórico, no porque fuera la única
posta que quedaba en todo el país, sino simplemente porque allí, se
suponía, se habían encontrado San Martin y Belgrano, cosa que hoy
sabemos, a través de la documentación, que no se encontraron ahí, de
tal manera que la historia también fue manipulada. En toda América se
han salvado casas valiosas y otras no tanto porque alguien señaló que
allí había estado, pasado o dormido, algún prócer de la independencia.
Algunas casas natales, como la de Bolívar en Caracas, inclusive
crecieron, pues parece que siempre resultaba pequeña para la dimensión
heroica del prócer, o la de San Martín donde residió en Francia, que
mereció una réplica similar en Buenos Aires. Pero por supuesto que
también hay patrimonio histórico, y aceptamos que ese patrimonio
histórico estaba vinculado obviamente a los hechos allí sucedidos,
pero también a la arquitectura.
La arquitectura en muchos casos tenía peso propio y a veces era
también una obra que además, era original hasta en los detalles.
Cuando uno piensa en esas respuestas de los balcones de la casa de
Torre Tagle en Lima, donde hasta los niños tenían su espacio diseñado
para poder mirar afuera, está pensando realmente en lo que significaba
una tarea creativa y recuerda una respuesta que algún viajero francés,
un poco despistado hizo: “No entiendo por qué los limeños colgaban los
roperos en el exterior de sus casas”.
En los años 60 empezamos a hablar no solamente de patrimonio Histórico
sino más directamente de “Patrimonio Cultural”. Superábamos la idea de
los antiguos Monumentos históricos, empezamos a entender y aceptar que
el patrimonio que nos había traído la inmigración expresaba la
diversidad cultural. Fueron los tiempos en que comenzamos a hablar del
patrimonio industrial, del patrimonio social, de aquellas
manifestaciones que no se relacionaban quizás a los sectores más altos
de la sociedad, sino que expresaban, justamente, aquellos sectores que
posibilitaban que ellos fueran los sectores más altos. Y apareció
entonces un enorme patrimonio que iba desde los molinos rurales, hasta
los ferrocarriles, las fábricas, todo lo que hacía a una historia y a
una cultura en una dimensión abarcante. Es decir, se abría un campo de
acción enorme para el patrimonio.
En los 60, aquellas viejas ideas de los 100 años y aquella inmediata
idea del patrimonio Histórico, comenzaban a tener las raíces de otra
historia, de una historia cultural, de una historia social.
Sorprendentemente reparamos en valorar las tipologías de la vivienda
en sus diversas manifestaciones, desde la casa de patio, la vivienda
colectiva, los conventillos, las casas de vecindad. ¿Cuántas de
nuestras ciudades han perdido la posibilidad de entender como era los
modos de vida de nuestras comunidades a través del tiempo por haber
borrado los testimonios de sus formas de residencia que expresa su
manera de vivir?
Fue también en los setenta cuando nos planteamos empezar a recuperar
el patrimonio de las ciudades, por ejemplo en el Pelourinho de
Salvador de Bahía, donde lo que se buscó fue justamente potenciar las
posibilidades que tenía la recuperación de la vivienda popular,
vivienda tugurizada, pero que sin embargo tenía posibilidades de uso
con una rehabilitación que no fuera una estrategia de “restauración
monumental”. Se apuntaba así a mejorar las condiciones del
equipamiento, las estructuras, los elementos fundamentales que
impidieran la obsolescencia del antiguo tejido urbano.
En esta época, en muchos lugares de América, quisimos trasladar las
experiencias interesantes de Bologna, Urbino o Ferrara en Italia,
donde se había hecho, contando con un municipio fuerte y con recursos
económicos, el traslado de los habitantes de una manzana a otra
manzana adquirida por el municipio, donde luego se restauraba la
manzana anterior, se recuperaba los habitantes para ella, y se volvía
a hacer una semejante actuación para ir mejorando el área patrimonial.
Nosotros no pudimos hacer nada de esto, aunque pensábamos que era
posible en alguna ciudad americana, pero nuestras finanzas locales
eran débiles, las voluntades políticas eran erráticas, y las
discontinuidades de gestión impedían concretar este proyecto más que
parcialmente.
Trabajábamos con una población de escasos recursos y amplias
necesidades. La recuperación en la visión inicial de Salvador incluía
no solamente a la casa sino también a los habitantes, a quienes se les
formó artesanalmente en la posibilidad de darles trabajo en las obras
de sus propias casas y habilitarlos en salidas laborales.
En la comprensión de que los recursos de los sectores culturales nunca
alcanzarían para atender las demandas patrimoniales si no se
articulaban con dar respuestas a los requerimientos sociales, las
políticas de acción en los centros históricos atendieron estas
premisas. La recuperación de áreas urbanas de antiguo origen fabril,
industrial, portuaria o ferroviario han sido en muchos casos las zonas
adecuadas. El ejemplo de la rehabilitación de la Cervecera de
Montevideo desocupada como arquitectura industrial posibilitó su
recuperación para vivienda. Y aquí entramos en un tema clave de los
centros históricos, no podemos, en América Latina, recuperar nuestros
centros históricos si no es a través del uso residencial, porque hay
una razón esencial, que es la relación entre el centro histórico y el
patrimonio.
Aquí hay que repensar una concepción central: el patrimonio lo definen
los habitantes, si no hay habitantes que estén referenciados a ese
patrimonio, el patrimonio resulta que no es patrimonio. Nos
preguntamos ¿Para quién es patrimonio? Si yo pienso en ciudades que
han sido vaciadas de sus primitivos habitantes, que hoy pueden estar
declaradas inclusive, patrimonio de la humanidad, pero sus habitantes
ya no están allí, me pregunto, ¿construimos patrimonio para los
turistas, o valoramos el patrimonio para los habitantes? La
recuperación de ese patrimonio de sus habitantes, implica la
recuperación de la ciudad.
En Argentina, por ejemplo, en los últimos años se han recuperado
antiguas fábricas o edificios ferroviarios abandonados para uso de
universidades. Esto implica no solamente dar alojamiento a una nueva
función caracterizada sino que significa la transformación del barrio
con la presencia de la gente joven, alojamientos para los estudiantes,
y el surgimiento de un comercio minorista que es capaz de dar
respuesta a estas nuevas necesidades. En definitiva es, también, una
operación de renovación y recuperación urbana. Y aquí tenemos dos
ejemplos de edificios reciclados, la antigua fábrica que en 1906 se
importó de Alemania, para Valparaíso como usina y Chilectra la
transformó en edificio de oficinas pero mantuvo las características de
sus espacios, la tecnología, la presencia como hito de referencia en
la ciudad, el afecto de la población a su arquitectura.
Pero no siempre las políticas urbanas ayudan al patrimonio. En el
antiguo Puerto Madero de Buenos Aires, lo que en principio pensábamos
que íbamos a lograr era la recuperación de un área de la ciudad que
nos permitía acceder de nuevo al rio. Pensábamos en una costanera como
la de Montevideo, un sitio de paseo urbano y espacios adecuados para
recreación. Pero no fue así, rápidamente las 120 hectáreas que
quedaron, que eran terreno público, han sido privatizadas para
construir hoy, una especie de Country urbano, un lugar residencial
bastante cerrado y privilegiado dentro de la ciudad, cuyos altos
costos muestran casi la mitad de sus departamentos vacíos, fruto de
una especulación inmobiliaria que no marginó el posible lavado de
dinero.
Cuando cambiamos esas relaciones y hablamos entonces del patrimonio
“Construido”, de todo aquello que hemos heredado, que han hecho
nuestros antepasados, que ya ha costado un dinero a la sociedad y que
aun tiene posibilidades de vida útil, pensamos que no tiene por qué
demolerse aquello que tiene posibilidades de ser aprovechado porque no
está obsoleto y que sus nuevos usos pueden tener ese impacto positivo
a escala urbana. Pues así hemos cambiado de las lecturas de un
Patrimonio de lo “antiguo”, a lo “histórico”, a lo “cultural”, a lo
“social” y a lo “construido” y todo esto en medio siglo, como para que
aceptemos el relativismo y no tomemos posturas fundamentalistas ni
pensemos en criterios absolutos.
Otra de las ideas fijas que tuvimos a mediados del siglo XX era la
idea reductiva del patrimonio vinculada al “Monumento” concebido como
obra singular. Por supuesto existe el Monumento, que marca una
referencia y un hito cultural importante, pero esa idea era también
insuficiente y requería trabajar el patrimonio de una manera distinta.
Hay monumentos que están aislados, y que pueden ser individualizados
como tales, entre ellos la famosa fortaleza Citadelle que los esclavos
negros de Haití, el primer país que se independizó en América,
construyeron en 1804 en un inaccesible paraje, sin embargo, su
relación con la topografía y el entorno es un elemento decisivo en sus
condiciones de diseño. El monumento nunca está totalmente aislado de
su circunstancia.
Así, del monumento aislado pasamos a valorar el Conjunto y a atender
no solo la arquitectura del elemento singular, el monumento, sino la
arquitectura de acompañamiento del mismo. Aquella que hacia posible
muchas veces que el monumento tuviese el carácter de tal, que lo
jerarquizaba con sus valores, que lo acompañaba y que le daba entidad.
El monumento adquiría relevancia mirándolo desde la perspectiva del
conjunto y no solamente desde la perspectiva de las expresiones
intrínsecas de la obra.
En otros casos el conjunto valía y se expresaba por si mismo. Cada
integrante podía ser un monumento, pero un monumento que aisladamente
también podía desaparecer ya que el patrimonio radicaba en el
conjunto. Podemos ejemplificarlo con el barrio de viviendas populares
“Los Perales” de Buenos Aires, construido en 1947 – 49. Su vigencia
marca una nueva dimensión patrimonial vinculada a la presencia de lo
social en los valores culturales y de sus aportes urbanos.
Desde el conjunto pasamos al “Poblado histórico” y la escala nos
vuelve a cambiar enormemente a un conjunto de conjuntos articulados
por los espacios públicos. Si tomamos un ejemplo como el de Mompox
(Colombia) que es patrimonio de la humanidad, vemos que nos está
hablando de un diálogo entre patrimonio tangible y patrimonio natural
transformado culturalmente. El poblado nos muestra aquello que se ha
preservado a través del tiempo, porque sus modos de vida han permitido
preservarlo. A veces esto sucede porque estamos ante pueblos con
decadencia histórica y otras veces son esos pueblos que tienen la
vitalidad de mantener sus modos de vida, sus formas de relación con el
paisaje y también la conciencia de la calidad de vida del sitio.
Muchas veces a nosotros, los arquitectos, nos ha fallado la capacidad
de entender lo que significaba el valor de los conjuntos, entender la
importancia que tenía esa relación en un poblado histórico. En el caso
de Trinidad en la región del Beni (Bolivia), tenemos una ciudad que se
construyó sobre las bases de las galerías exteriores que permitían la
calle cubierta en lugar de mucho sol y lluvias torrenciales. La
galería continua daba así una respuesta ambiental, pero también una
respuesta tecnológica porque protegía los paramentos de los muros
cuando ellos eran de adobe y mediante el gran alero arrojaba el agua
afuera. Pero la galería era también y principalmente un espacio
social, donde era posible un lugar de encuentro a la puerta de la
casa. La galería era un bien privado cedido al uso público, era la
integración de cada vivienda en el paisaje homogéneo del poblado.
Cuando el arquitecto no entendió eso y optó por singularizarse, el
arquitecto introdujo la ruptura de la escala, de la galería, del
paisaje y de los modos de vida atentando en la pérdida patrimonial.
En nuestros cambios de escala del poblado histórico pasamos al “Centro
Histórico”, y seguimos ensanchando el campo. Tomamos por ejemplo a
Sucre en Bolivia, un centro reconocido como Patrimonio de la
Humanidad, y como él podríamos pensar en muchos de los centros
históricos latinoamericanos.
Aquí comienza la primera instancia de un conflicto ideológico que
significa pensar en el patrimonio desde el punto de vista material
aislándolo de lo que significa el patrimonio inmaterial que se
relaciona a los modos de vida o de la diversidad cultural, porque el
centro histórico es parte de una ciudad. Una ciudad que cambia pues la
ciudad tiene que cambiar para adaptarse permanentemente a nuevas
realidades, porque en definitiva, no nos olvidemos de algo muy
importante, el patrimonio es un medio, no es un fin.
El patrimonio es un medio para mejorar la calidad de vida, y si
nosotros no somos capaces de mejorar la calidad de vida, si el
patrimonio no nos sirve para el desarrollo ni nos sirve para dar
respuestas a lo que necesitamos, ¿cuál es la función del patrimonio?
Por eso necesitamos de un patrimonio que sea operativo, y aceptar que
si la ciudad cambia, nuestro problema no es evitar que la ciudad
cambie, nuestro problema es hacer que cambie como corresponde para
mejorar la calidad de vida. Este es el desafío que tenemos, el desafío
contextual, el desafío de mirar la ciudad no meramente como los
elementos físicos, sino mirar la ciudad como un ente que tiene una
vida propia, donde sus barrios juegan un papel particular, donde, por
supuesto, valoramos plenamente lo que significa esta homogeneidad de
una foto tomada hace 30 años, cuando Sucre como otras ciudades todavía
no habían recibido el cimbronazo de unas inmigraciones internas muy
fuertes que cambiaron muchas cosas porque no estábamos preparados para
eso.
Nos pasó en el Cusco en los años 70, donde los técnicos no tuvieron
claridad para ver que la defensa del centro histórico del Cusco
radicaba en colocar fuera de la ciudad a la hotelería: Para cubrir esa
demanda estaban todas las haciendas expropiadas que estaban vacías ya
que las cooperativas a quienes la reforma agraria les había entregado
esos bienes no ocupaban más que un limitado número de ellas. Esto
hubiera permitido el aprovechamiento de unos enormes espacios ubicados
muy cerca del Cusco y que hubiera impedido, por un lado el vaciamiento
de las casas del área central con la erradicación de población del
centro hacia la periferia y la creación de “pueblos jóvenes” o
asentamientos precarios, como de hecho se dio.
Adecuadas políticas urbanas hubieran salvado mucho más del Cusco que
la mera lectura de los monumentos particulares, de cada uno de ellos
singularmente o inclusive hasta su limitada valoración como conjunto.
El colapso del centro histórico por las dificultades de accesibilidad,
la lamentable vocación de las autoridades para intervenir en los
espacios públicos con esculturas, fuentes y otros elemento de muy baja
calidad y sobre todo la erradicación de los habitantes del centro de
la ciudad está marcando el predominio del turismo por encima de la
calidad urbana que el Cusco ofrecía antaño.
¿Cómo vemos la ciudad?, ¿podemos concebir la ciudad patrimonialmente
como un hecho homogéneo? Esto quizás puede encontrarse en poblaciones
pequeñas, inclusive en muchas ciudades europeas grandes que están
perdiendo población habitualmente. Pero nosotros, en Latinoamérica,
tenemos realidades que nos golpean duramente. La ciudad
latinoamericana, fruto de un proceso de “modernización” impulsado por
arquitectos y especuladores inmobiliarios de la década del 50 y del
60, ha sufrido rupturas categóricas en sus centros históricos.
Estas rupturas pueden ser físicas, con destrucción de obras de valor
patrimonial o con grandes edificios que destrozan las escalas de los
barrios. Obras que nos muestran justamente la inexistencia de toda
concepción, no solo ambiental, sino contextual, donde todas las
ventajas económicas son para el que las hace, y todas las pérdidas son
para la ciudad y sus habitantes. Nuestra acción urbana es también
incoherente. Por ejemplo en Argentina tenemos una ciudad, Mar del
Plata, un balneario que tiene 75 mil unidades de habitación
deshabitadas durante nueve meses al año, ya que se utilizan solamente
en el veraneo. Su reposición edilicia fue vertiginosa, y al igual que
San Pablo, puede hablarse de tres ciudades superpuestas en un siglo.
La ciudad como patrimonio nos presenta los problemas de la permanencia
o del cambio. Si yo miro una foto de un pequeño poblado de la sierra
peruana y pregunto ¿Qué pasaría si cambio la vivienda?, depende de
cómo la cambie, pero de lo que estoy seguro es que si yo quito esos
bancos, donde están sentados los viejos y los jóvenes tomando sol y
charlando de sus cosas, les estoy quitando el patrimonio. Y es que a
veces el patrimonio no es tanto aquello que nosotros, como
arquitectos, estamos acostumbrados a ver, sino aquello que constituye
los elementos de lazo, de referencia, de afectos, de posibilidades de
aceptación y de reconocimiento por parte de la comunidad. Yo creo que
allí esta una de las claves esenciales para empezar a mirar de nuevo y
distinto estas formas de expresión del patrimonio.
Aquí tenemos otro pueblo, Paccaritambo, del Cusco, y podemos ver que
el atrio de la iglesia es también la plaza del pueblo que durante
mucho tiempo fue un lugar abierto, un espacio que hoy hemos ajardinado
y le hemos colocado elementos de cemento y a veces descargamos la
incapacidad escultórica de algún artesano local que nos coloca un
cóndor, un buey, o alguna otra cosa pintarrajeada de distintos
colores. Así arruinamos también espacios, espacios que se nos han
vaciado porque no hemos encontrado la manera de enriquecerlos, porque
no hemos pensado la manera de formar en ellos actividades que generen
lo que es esencial en el espacio público, la presencia, la
comunicación, la actividad social.
Arequipa y su carencia de espacios verdes es un hecho histórico.
Cuando se leen las Memorias Municipales de fin del siglo XIX, hablan
que el único espacio verde que existe en Arequipa es la plaza
principal, los otros lugares, inclusive los atrios, los demás parques,
las demás plazas, fueron creadas paulatinamente en el siglo XX,
buscando generar, con los mercados y con otras actividades, esas
posibilidades de encuentro.
En el rescate patrimonial la arquitectura es para nosotros una lección
fundamental, es un documento que nos habla no solamente de lo que
nosotros vemos, sino de lo que ha sucedido con ella a través del
tiempo. Un documento firmado por cualquier prócer que elijamos, es
susceptible de múltiples interpretaciones pero siempre dirá congelado
en el tiempo y objetivamente aquello que está escrito. En cambio la
arquitectura nos puede decir como fue pensada, como fue transformada a
través del tiempo, los nuevos usos, los nuevos valores simbólicos, las
nuevas formas que tiene esa arquitectura, por lo tanto es portadora de
una identidad que nos está explicando documentalmente elementos
propios de la cultura y de la relación social en el tiempo. De la
misma manera, el puente incaico colgante sobre el río Apurímac no será
exactamente el mismo que fue, pero es identitariamente el mismo
realizado por sus comunidades campesinas a través de los siglos. En la
región andina, ustedes tienen la vitalidad creativa de quienes piensan
que ese puente lo hicieron “ellos”, aunque haya sido hecho hace 300
años y aunque no hayan tenido una participación directa, porque el
“ellos” es la comunidad con un profundo sentido de pertenencia y
continuidad.
Muchas veces uno encuentra esa relación de pertenencia con su iglesia
o con aquellos elementos de valor simbólico y cultural que les son
esenciales, y justamente cuando nosotros, los técnicos, apadrinados
por algún organismo público o privado llegamos a un pueblo y decimos:
no toquen nada que esto es “Patrimonio de la humanidad”, y luego
pasamos varios años sin aparecer por aquel lugar, lo único que estamos
haciendo es garantizar el certificado de defunción de ese patrimonio.
El patrimonio cuidado por su gente es el verdadero patrimonio.
Deberíamos empezar a diferenciar de una vez por todas, lo que es un
“bien cultural” de lo que es un “patrimonio”. Un bien cultural será
patrimonio cuando exista una apropiación de la comunidad que le da el
carácter de patrimonio. Y este tema es absolutamente esencial para
privilegiar las herramientas en la defensa del patrimonio. Compartir
esta lectura ayudará a cambiar muchas políticas de acción de los
cuadros técnicos del patrimonio.
En ciertas regiones como las del área guaranítica del Paraguay,
litoral argentino y el oriente boliviano hay paisajes culturales
urbanos estructurados por las casas de galería frontal, tema al cual
hicimos referencia anteriormente. Así fue la construcción de unas
ciudades en el siglo XVIII y XIX, manteniendo aquellos elementos
fundamentales para atender a las necesidades ambientales. El siglo XX
planteó la competencia entre las viviendas con propietarios que
querían diferenciarse del resto quitando las galerías y construyendo
fachadas. Al derribar la galería se destruía la calle a cubierto, se
desprotegía al peatón de la lluvia y el sol y, además,
pretenciosamente se cambiaba la altura de las ventanas y de las
puertas como si sus moradores hubieran crecido hasta más de dos metros
de altura. Pasamos de aquella ciudad comunitaria, de aquella ciudad
que se integraba en la relación social del encuentro en la galería, a
la ciudad del prestigio, a quien tiene la casa mejor y más alta, a
quien manifiesta su calidad diferenciadora de alguna manera.
Estas formas de ostentación que allí van surgiendo las padecemos hoy
en la arquitectura contemporánea. Es lo que estamos haciendo cuando
contratamos a cualquiera de las grandes estrellas o los lápices de oro
de cualquier país para colocar una supuesta obra magnífica en nuestras
ciudades. Tenemos ejemplos de esta tiliguería absurda de la “marca” de
la ciudad en la obra singularísima para repartir, y no faltará también
algún centenario arquitecto latinoamericano que también es capaz de
construir alguna de esas obras olvidables en los países del primer
mundo. Pero la ciudad es otra cosa, la ciudad requiere el respeto, en
definitiva, por los procesos de sustitución y crecimiento. Del centro
histórico y su paisaje urbano debemos ampliar la base a una lectura de
patrimonios territoriales.
Y la propia UNESCO cambia, pues ya en el siglo XXI empezamos a hablar
de los “Itinerarios culturales”. Yo recuerdo, porque me tocó estar en
el origen de la declaratoria de San Francisco de Lima como patrimonio
de la humanidad, antes de que declararan al centro histórico de Lima
que obviamente incluiría a San Francisco, que ya había sido declarado
antes. Yo veía claramente que esto no tenía mucho sentido, porque
lógicamente, si declararon San Francisco, con el tiempo declararíamos
San Pedro y después Santo Domingo, y exactamente igual sucedería con
otros monumentos como si la ciudad fuera una especie de sumatoria en
lugar de una integración.
En los años 50, cuando se hacen los primeros esfuerzos para declarar
centros históricos en nuestro continente, tal es el caso de San Juan
de Puerto Rico, el arquitecto Buschiazzo lo que determina es que el
perímetro del centro histórico está dado por una línea que une los
distintos monumentos, lo cual era una abstracción geométrica, no era
una realidad urbana, era una abstracción geométrica ajena a cualquier
forma de vida urbana. Era simplemente aquello que había sobrevivido y
que entonces por este supuesto vínculo de subsistencia definía
equívocamente un centro histórico. El segundo ejemplo de Centro
Histórico en el tiempo fue el de Antigua Guatemala, otro caso singular
porque la mayoría de sus “monumentos” eran restos arqueológicos
remanentes del terremoto que destruyó la ciudad en 1773. Si bien la
ciudad fue trasladada en su mayor parte dando lugar a la nueva
Guatemala, permanecieron en el sitio habitantes que han residido en un
contexto patrimonial de ruinas arqueológicas y casonas rehabilitadas,
es decir un centro histórico de ambivalente carácter urbano.
Luego la modalidad de una lectura de la ciudad histórica como simple
sumatoria de monumentos fue cambiando y se la veía más integrada y
articuladamente, pero ello era insuficiente. El llegar a la idea de
los itinerarios fue mucho más importante pues la UNESCO se había ido
equivocando por generar muy tardíamente este concepto. Por ejemplo, a
través del tiempo declaró en el Brasil, como patrimonio de la
humanidad, a Ouro Preto, después Mariana, y luego a Diamantina. Cabe
preguntarse ¿por qué no declaró al área minera donde están estos y
otros pueblos del Brasil que conforman un territorio productivo
homogéneo?
Y aquí tenemos una evidente alarma para nosotros en esta grave omisión
patrimonial. Este es un problema nuestro: en América no valoramos el
territorio pues no tenemos una visión clara del valor patrimonial del
territorio. Recientemente en una reunión del Mercosur Cultural al
tratar los Itinerarios de las Misiones Jesuíticas enfatizamos la
necesidad de tener en cuenta que se trataba de un sistema y que la
sostenibilidad del mismo requería una comprensión territorial, no
solamente de los poblados sino también de las plantaciones y
estancias, caminos y acueductos, puertos y equipamientos. Argentina,
Brasil, Paraguay, Bolivia y el Uruguay han acordado en analizar y
proponer una estrategia patrimonial con esta nueva modalidad del
itinerario cultural. Estas lecturas patrimoniales más amplias nos
permiten entender también la cultura de las regiones.
Si yo veo una iglesia de Chiquitos en Bolivia puedo entender todo un
sistema de colocación de los templos desde su emplazamiento, de su
construcción, y de utilización inclusive hasta de un sistema de
mensuras que no era el sistema métrico decimal, ellos hablaban, cuando
construían, por “lances”, y el lance era la unidad definida por la
dimensión de la pieza de madera que les permitía una determinada luz
entre columna y columna. Así, en las iglesias o las casas se agregaban
o se quitaban lances de acuerdo a las circunstancias.
Aparece en los últimos años un nuevo concepto, el de “Paisaje
Cultural”, cuyo concepto es visto desde el ICOMOS de una manera que
consideramos reductiva que lo limita a las transformaciones culturales
en un medio natural. Para nosotros este concepto engloba elementos
mucho más fuertes que marcan una articulación entre la arquitectura o
el patrimonio tangible, material, con el patrimonio natural.
Hasta el momento esta categoría se utiliza fundamentalmente para
lugares que tienen una valoración de tipo rural, o que tienen
presencia de carácter simbólico, montes sagrados, sitios que tienen
entonces una articulación cultural con esos medios. Este es el caso de
la quebrada de Humahuaca en el norte argentino, donde no cabe duda, en
el pueblo de Purmamarca, de que hay una íntima relación de miles de
años de historia con su medio y que forma, además, también, un
itinerario junto con el paisaje cultural.
Cuando nosotros empezamos a hablar de paisaje cultural en América,
planteamos que la ciudad es el paisaje cultural más importante que ha
generado el hombre en los últimos mil años de su historia ya que en
realidad es el paisaje que integra lo cultural, lo natural y al mismo
tiempo los elementos de lo intangible y de la diversidad cultural. Con
esta perspectiva hicimos nuestra lectura patrimonial de Buenos Aires,
como lo hicieron los colegas brasileños para Río de Janeiro que
finalmente fue declarado “paisaje cultural” aunque con una lectura que
plantea la excepcionalidad y que esta declaratoria no deba servir de
jurisprudencia para otras ciudades.
Hemos encontrado una resistencia obstinada desde ciertos sectores
eurocéntricos para reconocer esta manera de entender los valores
patrimoniales de la ciudad americana. Aparece en reiteradas
oportunidades un cierto temor a qué vamos a hacer con la ciudad
patrimonial. No se acepta con facilidad una realidad nuestra, de
ciudades dinámicas donde lo fundamental es el cambio, lo fundamental
es identificar la diversidad cultural, lo fundamental es mejorar la
calidad de vida, y concebir que el patrimonio es una herramienta para
ello. La ciudad no es un museo estático como sucede con centros
históricos como Cáceres en España que han sido declarados patrimonio
de la humanidad. Tampoco es Patrimonio una ciudad que ha expulsado a
sus pobladores, aquellos que le daban, justamente, el carácter
patrimonial y la identidad al lugar.
Para evitar reconocer nuestro punto de vista se ha ido perfilando una
nueva propuesta llamada “Paisaje histórico urbano” que es lo que se
está discutiendo hoy en los foros técnicos. Nosotros creemos que deben
revisarse muchos casos pues en estos cincuenta años de la declaratoria
de Patrimonio Cultural y Natural (1972), se han cambiado muchos
criterios de valoración, se han verificado serios fracasos, se han
transformado herramientas en función de ellos y resulta anacrónico no
hacer un justo balance y proceder a cambiar aquello que está obsoleto
o equivocado. Podemos elegir: ciudades museo, homogéneas y congeladas,
o ciudades vivas, heterogéneas y cambiantes.
El caso de Cartagena en Colombia muestra muchas de las características
y errores que les mencionaba, acotadas a una realidad determinada que
generó una transformación de la ciudad donde se expulsó a los
pobladores del centro histórico. Esta fue una decisión política clara
y manifiesta, donde las autoridades entendieron sustancial la
renovación de los pobladores del área. Me tocó, en el año 1986, hacer
una valoración de Cartagena para definir el Plan de Manejo de la
reciente declaración de Patrimonio de la Humanidad. En la reunión con
las autoridades, se me explicó cómo el objetivo fundamental era que
todos los ricos de Colombia fueran a vivir a Cartagena o tuvieran una
casa en Cartagena. Cabe señalar que entonces buena parte de los ricos
de Colombia eran los esmeralderos y los narcotraficantes. Y, si bien
esta reflexión los desconcertó un poco, no amainó la obsesión que
tenían de que había que vender la ciudad para el turismo y para estos
ricos. El resultado fue, evidentemente, este proyecto.
Años después, en otro viaje, los cartageneros se lamentaban de que ya
no había cartageneros en el centro histórico de Cartagena, que se
habían mudado a otros lados, que las playas ya estaban saturadas y
deterioradas y se tenían que ir a la isla del Rosario, a varias horas
en buque, para encontrar un lugar. Y así fue, muchas de las casas se
transformaron en pequeños departamentos, muchos patios se
transformaron en piletas de natación y muchos lugares cambiaron cuando
antiguos conventos patrimoniales fueron convertidos en hoteles y a la
expulsión de la población de menores recursos le siguió la de los
edificios escolares del llamado “corralito de piedra”. Finalmente la
racionalidad volvió, la Cooperación española ayudo mucho con una
política de intervención en el espacio público, de eliminar el auto,
generar zonas peatonales, zonas de encuentro, la recolocación en el
centro de edificios escolares y de pequeñas universidades, es decir,
se ha creado, de alguna manera, una estrategia de recuperación vital
de un centro histórico que antes era utilizado fundamentalmente los
fines de semana.
Aprendiendo de nuestros errores, ha sido claro que no hay posibilidad
de recuperación de los centros históricos si no atendemos
prioritariamente al uso residencial. Esto implica, como históricamente
ha sido, la aceptación de la compatibilidad del “monumento” con la
arquitectura popular que conforma la arquitectura de acompañamiento.
Si no hay usos residenciales, el centro histórico se terciariza en
función de sus atractivos turísticos, pero pierde los rasgos
identitarios de su vida comunitaria, es decir resigna su carácter
patrimonial y queda sujeto a los vaivenes de los intereses de consumo.
Tenemos la experiencia de la vertiginosa caída del turismo en Cusco
cuando la epidemia de cólera o en conflictos de violencia que llevaron
a la quiebra de los operadores turísticos y depresiones económicas en
la ciudad, hoy revertidas por nuevas oleadas turísticas. La vida de
una ciudad y su patrimonio deben siempre estar en manos de sus
habitantes, el turismo será un valor agregado a la vida de los centros
históricos, no el eje de su existencia.
En nuestra América el patrimonio intangible está vivo permanentemente.
Nuestros países siguen expresando unas culturas barrocas, donde los
valores simbólicos están presentes en casi todos los actos de nuestra
vida. Aún en lugares tan apartados como el desierto chileno, los
peregrinos pueden recorrer, en devoción a la Virgen de la Tirana,
kilómetros a pie para transformar un pequeño pueblo en un sitio que
albergue temporariamente a miles de personas. Se trata de una
arquitectura efímera, una ciudad de carpas, que en su precariedad
tiene la vitalidad de ese reconocimiento hacia aquello en que se cree
profundamente con valores que son esenciales para la comunidad.
Entonces, ¿cómo nosotros no vamos a tener en cuenta estos valores
cuando empecemos a tomar con seriedad los hechos que necesitamos para
recuperar la identidad y la conciencia patrimonial?
Cuando hablamos de recuperar la historia deberíamos superar las
antiguas iconografías y los simbolismos agregándoles una noción de
patrimonio histórico que sume los aportes de lo cultural, lo social y
también lo construido. Esto implica reconocer las diversidades
culturales que tenemos dentro de nuestras realidades que son diversas
en distintas partes de América. Pero debemos aprender a valorar esa
antigua diversidad cultural, que es creativa y capaz de integrar
culturas. Un ejemplo notable es el de la “Virgen del Socavón” en
Potosí (Bolivia), que incorpora en un cuadro al manto de la Virgen el
cerro de Potosí (foto) con la gente subiendo. Es decir, que expresa
simbólicamente aquellos elementos de su cultura que son capaces de ser
integrados. Lo que muchas veces hablamos de nuestras formas de
relación social, están también marcadas por esto.
Otra realidad americana múltiple y riquísima es la de la articulación
del patrimonio con el paisaje. A diferencia de los poblados españoles,
el paisaje se introduce dentro de los poblados y forma parte de los
mismos. Nuestros pueblos no tienen solución de continuidad con su
entorno y el árbol se mete dentro de ellos. Ya desde tiempos
prehispánicos la construcción cultural del paisaje adquiere también
sentidos simbólicos. Evidentemente la piedra de Saywite, una maqueta
incaica cósmica tiene un mensaje propio, pero ese manifiesto hay que
verlo en el contexto de una plataforma construida sobre la naturaleza
como una suerte de Temenos griego, un solado religioso que marca una
modificación del paisaje para incluir ese elemento simbólico dentro
del mismo.
Otro aspecto a revisar es la articulación de lo tangible y lo
intangible con la historia. En esta casa de Tucumán (Argentina) se
declaró la independencia en 1816. Esta casa era quizás importante en
el pueblo de aquel entonces, pero luego parecía muy poco relevante, su
relación era fundamentalmente con el hecho histórico. Pero ¿que
hicimos nosotros? los argentinos lo primero que dijimos, es muy
pobrecita como para ser la casa tan importante históricamente, por lo
cual demolimos la casa y construimos una especie de galpón faraónico
para albergar solamente el cuartito donde se había firmado la
Independencia. Una especie de gran joyero para ese saloncito. Después
nos dimos cuenta que nos habíamos equivocado, entonces ¿que hicimos?,
demolimos el joyero, agarramos desde el cuartito y volvimos a
reconstruir la casa toda nuevita. Pero después de esta presunta
recuperación, nos seguía pareciendo un poco chiquita, entonces vino
algún gobernador militar, de aquellos que no nos faltan, por
desgracia, y decidió que para jerarquizarla había que demoler todas
las casas alrededor, que hoy están convertidas en plazoletas. Estos
son los procesos de incapacidad de reflexión sobre nuestras ideas, de
una andadura errática que nos impide asumir criterios razonables para
actuar sobre nuestro patrimonio.
¿Cómo articulamos el patrimonio con el valor social y cultural? Lo
podemos hacer si estamos atentos a las necesidades de nuestra vida
contemporánea y además partimos del aprovechamiento del patrimonio
construido. Este es un gran camino para cualificar la vida urbana y a
la vez mantener vigentes edificios patrimoniales y la vida en los
centros históricos. Un buen ejemplo es el antiguo mercado de hierro de
Maracaibo (Venezuela) transformado hoy en un gran teatro de usos
múltiples. Un mercado que había perdido la energía propia de su uso,
recupera un nuevo uso y tiene capacidad de convocatoria para el resto
de la ciudad, estos son caminos positivos para nuestro patrimonio.
Inclusive en antiguos edificios inconclusos como la antigua Pinacoteca
de San Pablo donde Paulo Mendes da Rocha le dio nueva vida con una
arquitectura contemporánea integrada a la estructura original. Lo
propio, acompañando con nueva obra, hizo Lina Bo Bardi en la fábrica
de Pompeii de San Pablo o Nelson Inda y sus socios en la Cervecería de
Montevideo destinada a vivienda, manteniendo edificios fabriles e
incorporando obra nueva.
Este camino que muchos arquitectos han mostrado permite introducir una
arquitectura contemporánea, respetando, integrando y mejorando aquello
que existe. Atentos a las urgencias de nuestras necesidades vitales
también es patrimonio nuestras respuestas creativas a partir de
nuestras posibilidades. Tal el caso de las viviendas de Bambú, en la
zona cafetalera de Manizales, en Colombia, donde todo es un
mono-material, desde la estructura al cerramiento con buen resultado y
bajo costo.
Los valores de uso que todavía tienen muchos antiguos edificios
industriales, portuarios y ferroviarios, nos permitirán atender las
demandas de complejos equipamientos que requiere hoy la vida de
nuestras ciudades. Una nueva arquitectura atenderá, sin dudas, la
jerarquización de áreas otrora excluidas asegurando el disfrute de la
ciudad.
En esta nueva apuesta de la ciudad como Paisaje Cultural, los sitios
guardarán la memoria y esos bienes culturales ahora transformados
serán una nueva dimensión del patrimonio. Obviamente, como decíamos
antes, lo serán cuando esos bienes culturales son utilizados
permanentemente por esa población que es la que le asigna el valor de
patrimonio. Esa población es la que disfruta sus fiestas y regocijos,
que cotidianamente testimonia aquellos modos de vida que la
caracterizan. Es ella la que da la identidad y consolida la idea de
que un patrimonio es un elemento fundamental en la sociedad, esa
población es la que le está dando en definitiva el carácter
patrimonial.
Esa población que se organiza y mantiene sus sitios, se exalta y
defiende, que se reúne en asambleas urbanas o rurales como en este
caso en Caypi, en el Cusco, para discutir los hombres, como van a
hacer para conseguir los recursos, mientras las mujeres están
trasladando las piedras para amontonarlas y poder reconstruir su atrio
y su iglesia. Esta población que está actuando en definitiva en ese
secular trabajo en Minga, en ese trabajo comunitario que
ancestralmente le ha permitido hacer su iglesia y mantenerla con vida.
Esos valores del patrimonio tangible e intangible son los que se viven
en la fiesta, esa fiesta barroca que constituye uno de los elementos
fundamentales de la cultura americana. Las imágenes de la fiesta del
siglo XVII en el Cusco, se reiterarán en nuestros días con nuevos
escenarios y argumentos que convocan a la participación masiva de los
barrios y cofradías.
No olvidar nunca que el patrimonio es un medio y no un fin en sí
mismo. Medio para lograr una mejor calidad de vida con referencias a
la historia, la cultura y al desarrollo de la vida material misma.
Por ello es preciso actualizar la visión del patrimonio, integrándola
para hablar de un único patrimonio que exprese lo cultural, lo
natural, lo inmaterial y la diversidad cultural. Ello nos permitirá
colocar los verdaderos valores de la vida en un orden de prioridades
que no sacrifique elementos esenciales en aras de intereses
subalternos. Esta nueva mirada exigirá los cambios que den respuesta a
nuestras carencias, pero también exigirá su compatibilización y
respeto con aquellos valores que ya existen.

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